Sobre la ética y estética de mindfulness

03.01.2020

Vivimos en el siglo del estrés, es evidente.

En un sistema en el que el éxito se valora en función de las apariencias -y en el que se ha normalizado la búsqueda de satisfacción inmediata de unas aspiraciones que suelen ser ajenas-, no es de extrañar que asistamos a un aumento generalizado en la sensación de alienación y falta de sentido.

Gastamos lo que no tenemos en algo efímero que no necesitamos. Además, estamos sometidos a una serie de exigencias que nunca acaban de agotarse, y que en última instancia, acaban afectando de forma negativa a nuestro estado de salud.

¿Y esto va a ser siempre así? ¿Sabremos sobrevivir a esta vorágine?

En esta situación, es entendible que haya surgido un elevado interés en involucrarse en actividades vinculadas a un estilo de vida saludable, y en las que se intentan atenuar los síntomas asociados al exceso de velocidad.

Entre ellas, nos encontramos con la alimentación sana, el ejercicio físico, y en los últimos años, la meditación.

Se anuncian grupos de mindfulness y se aseguran sus beneficios en ámbitos que nunca nos habríamos imaginado, a veces sin la suficiente evidencia que los apoye, y/o haciendo un uso sesgado de la misma. Esta publicidad indiscriminada alimenta una visión superficial de esta estrategia de intervención, y atenta gravemente contra las investigaciones serias que avalan sus beneficios.

El auge social que está experimentando mindfulness supone así un nuevo escenario en el que investigadores, instructores y usuarios nos vemos abocados a actuar, y nos invita a reflexionar acerca del sentido y los fundamentos de esta práctica...

¿Sabemos qué es mindfulness? ¿Somos conscientes de sus implicaciones? ¿Estamos aplicando mindfulness de una forma sostenible?

Se nos ha vendido que mindfulness es una estrategia para gestionar el estrés y la ansiedad, y si bien hay evidencia sobre ello, es importante ampliar esta definición.

Sentarse a meditar es básicamente establecer un espacio de introspección, y generar un silencio en el que aprender a escucharnos. Esto último nos puede ayudar a ser más conscientes de nuestros valores y significados, a implicarnos en acciones vinculadas a ellos, y a aumentar nuestro bienestar y el de la gente de alrededor.

Sin embargo, la industria de la felicidad ha extendido una imagen ilusoria de mindfulness, en la que se alienta a un uso individualista del mismo, acorde al funcionamiento de la sociedad actual. Esta imagen se ve acentuada por el interés que existe en algunos sectores en que mindfulness sea visto como una suerte de aspirina, que sirve para aliviar el sufrimiento sin interrogarnos acerca de las situaciones socioeconómicas que lo explican, y sin valorar las alternativas que suponen una amenaza a las anteriores.

Además, no se ve beneficiada por aquellos profesionales que lo incluyen entre sus servicios sin la formación suficiente, atraídos por el negocio y su novedad, y transmitiendo una visión ingenua de mindfulness que se asemeja a lo aprendido en los libros de autoayuda.

En este sentido, es esencial preguntarnos sobre la intención que nos anima a meditar, evaluando si se sustenta en un verdadero interés de autoconocimiento, o si adquiere más bien un valor estético.

¿Estamos abriéndonos a la experiencia -y a sus aspectos negativos- en la búsqueda del bienestar, o sólo ensalzando el saboreo de las situaciones y los eventos agradables?

Si mindfulness es una vía de escape,
Si nos aísla de la gente de alrededor,
Si nos sirve para silenciar las señales de que algo no funciona bien... 
Sería buena idea no volver a meditar.

Sintetizando, nuestra labor como instructores nunca puede limitarse a guiar el aprendizaje de los aspectos básicos de mindfulness, sino que es necesario que se enfoque en la ética y los valores que subyacen a él.

Sólo así su aplicación significará el avance hacia una sociedad más solidaria y sostenible, y evitaremos que acabe suponiendo un simple aderezo estético, al servicio de los intereses egoístas del sistema.

Sobre la ética y estética de mindfulness